Una clínica, un centro médico o un laboratorio dependen hoy de una cadena de sistemas que nadie ve hasta que falla: la ficha clínica electrónica, la agenda y la confirmación de horas, el sistema de imágenes y su visor, la facturación a Fonasa e isapres, la emisión de licencias médicas electrónicas y las recetas. Si cualquiera de esos eslabones se corta, la sala de espera se llena y el equipo clínico vuelve al papel en el peor momento.
Además, la información que se maneja es de la más delicada que existe. Diagnósticos, exámenes, antecedentes de salud mental o tratamientos son datos sensibles, y la Ley 20.584 obliga al prestador a resguardar la reserva de la ficha clínica y a conservarla por largo tiempo. Eso convierte a cualquier centro de salud, grande o pequeño, en un blanco atractivo para el ransomware y la extorsión: el atacante sabe que la atención no puede esperar y que la filtración daña la confianza de los pacientes.
El desafío práctico es que muchos centros crecieron sumando soluciones: un software de ficha por aquí, un servidor de imágenes en una sala sin climatización por allá, notebooks compartidos en los boxes y claves anotadas en un post-it. Ordenar esa tecnología no requiere cambiarlo todo de golpe; requiere saber dónde están los datos, quién accede a ellos y qué pasaría si mañana un equipo amanece cifrado. Sobre eso trabajamos.